Eran las ocho menos cuarto y me había cambiado de vestido unas 3 veces. ¿Cómo era posible que después de cinco semanas de grandes compras no tuviera ningún vestido para ponerme una noche? Caminé por mi lado del pequeño vestidor que compartía con Raquel y me paré observando un vestido. Lo había comprado la segunda semana de mi llegada a la ciudad, había sido un poco caro, pero merecía la pena, era un vestido precioso y… haciendo memoria, no me lo había puesto nunca, sería una buena ocasión para estrenarlo. http://www.polyvore.com/cgi/set?id=29327394&.locale=es Me ricé suavemente el pelo, y cuando estaba retocándome el maquillaje, llamaron a mi puerta. Fui corriendo hasta la ventana de mi habitación y vi a Alex en la calle, miró hacia arriba y me sonrió. Corrí a coger mi bolso y me apresuré a salir del piso. Bajé las escaleras del portal y me quedé plantada en la última. Alex estaba… perfecto. No era ni demasiado formal ni demasiado casual. Unos tejanos cubrían unos zapatos negros, una camisa de cuadros sobresalía por debajo de una americana negra. Era impresionante, como una persona podía conseguir que con algo tan simple, su atractivo aumentara con creces. Entonces, me di cuenta de que me había quedado un poco más del tiempo debido mirándole, pero no me preocupé, él también lo estaba haciendo.
- Estás guapísima -dijo con una sonrisa.
- Gracias -contesté mientras bajaba el escalón en el que me había quedado.
- Vamos - dijo al tiempo que me ofrecía su brazo y me sonreía.
Yo enlacé el mío con el suyo y empezamos a caminar.
- Pensé que íbamos a ir en coche.
- Hace una noche demasiado bonita como para desperdiciarla en coche.
- Ya, es preciosa -dije mirando al cielo.
- También hay otras cosas preciosas que ver esta noche.
Seguimos caminando, disfrutando de esa bonita noche de primavera. Llegamos al restaurante que había elegido, uno italiano. Estaba lleno de gente, pero Alex había echo una reserva, así que no tuvimos que esperar. Nos sentamos en una mesa al lado de un ventanal, estaba un poco apartada del resto de las mesas y era perfecta.
La carta era una odisea, ¡tenían de todo! Así que sin rodeos pedí unos fettuccini. Nos pasamos toda la cena hablando. Nos contamos nuestra vida de cabo a rabo. Me contó que él era de Liverpool, pero había llegado a Nueva York por motivos de trabajo, era arquitecto y tenía 25 años, uno más que yo.
Alex me acompañó a casa, y acordamos quedar la próxima semana para ir al teatro.
Mis amigas y yo habíamos establecido una regla cuando empezamos a salir con chicos en Nueva York, no nos llevaríamos a nadie a la cama, por más que quisiéramos, hasta la tercera o cuarta cita.
Alex era fantástico, me encantaba, era perfecto. Y no podía esperar a la siguiente cita … ni a empezar a darles envidia a Raquel y a Tati.
- Estás guapísima -dijo con una sonrisa.
- Gracias -contesté mientras bajaba el escalón en el que me había quedado.
- Vamos - dijo al tiempo que me ofrecía su brazo y me sonreía.
Yo enlacé el mío con el suyo y empezamos a caminar.
- Pensé que íbamos a ir en coche.
- Hace una noche demasiado bonita como para desperdiciarla en coche.
- Ya, es preciosa -dije mirando al cielo.
- También hay otras cosas preciosas que ver esta noche.
Seguimos caminando, disfrutando de esa bonita noche de primavera. Llegamos al restaurante que había elegido, uno italiano. Estaba lleno de gente, pero Alex había echo una reserva, así que no tuvimos que esperar. Nos sentamos en una mesa al lado de un ventanal, estaba un poco apartada del resto de las mesas y era perfecta.
La carta era una odisea, ¡tenían de todo! Así que sin rodeos pedí unos fettuccini. Nos pasamos toda la cena hablando. Nos contamos nuestra vida de cabo a rabo. Me contó que él era de Liverpool, pero había llegado a Nueva York por motivos de trabajo, era arquitecto y tenía 25 años, uno más que yo.
Alex me acompañó a casa, y acordamos quedar la próxima semana para ir al teatro.
Mis amigas y yo habíamos establecido una regla cuando empezamos a salir con chicos en Nueva York, no nos llevaríamos a nadie a la cama, por más que quisiéramos, hasta la tercera o cuarta cita.
Alex era fantástico, me encantaba, era perfecto. Y no podía esperar a la siguiente cita … ni a empezar a darles envidia a Raquel y a Tati.