viernes, 11 de marzo de 2011

Capítulo 4

Llegué a las oficinas Louis Gant a las 6:30 am, Jorge me había dicho que tenía que prepararme para mi primer día de trabajo así que llegué con media hora de antelación. Había elegido un conjunto bonito, ligero y formal para mi primer día de trabajo. Jorge mencionó que mi jefa iba a ser alguien que no toleraba la indiferencia por la moda, así que siempre tenía que ir con la idea de todas las tendencias, al fin y al cabo “vives en Nueva York”, había dicho. http://www.polyvore.com/cgi/set?id=28281899 y con el pelo liso y suelto.
Empecé a subir las escaleras, hacia las puertas giratorias en las que decenas de empresarios pasaban sus minutos de descanso fumando. Al entrar no pude hacer otra cosa que avergonzarme de mí misma. A mi alrededor solo había gente alta, esquelética, guapísima y que parecía sacada de una pasarela. Arrastrando mis prejuicios llegué a la recepción para preguntar donde estaban las oficinas de redacción de VOGUE. Cogí los ascensores y me dirigí a la 5º planta. Al llegar, parecía que había cogido un ascensor al mismísimo cielo. Todo, absolutamente todo, era blanco. Blanco en la pared, blanco en el suelo, blanco en los pomos de las puertas de cristal, blanco en los escritorios, en los cuadros… TODO era blanco.
No sabía qué hacer así que me senté a esperar a que apareciera alguien. Solo tardaron tres minutos en responder a mi llamada. Por las puertas de cristal apareció una chica alta, de un pálido elegante y rubia, aparentaba unos 27 o 28 años. Iba vestida perfectamente. Miré sus delgadísimas piernas y luego miré las mías. Quería irme, ¿por qué había aceptado ese empleo? Ah si, no sabía las altas probabilidades de depresión moral que tenía. No era que yo estuviera gorda, pero en comparación con ellas yo estaba no sé, obesa.
La chica alta, rubia y guapa me miró.

-¿Eres Marta?
-S-si -balbuceé.
-Bien, sígueme.
Empezó a andar por un pasillo (blanco también) y yo la seguí.
-Soy Sidney, ayudante de Anna, primera ayudante de Anna -recalcó la palabra primera-. A partir de ahora tú serás su segunda ayudante…
¡Espera! ¿Había dicho segunda ayudante? ¿Le había entendido mal? Si, seguro que le había entendido mal. Yo tenía un trabajo como ayudante de redacción, no como segunda ayudante. Eso es, tenía que haber sido un malentendido.
-¿Segunda ayudante? No, tiene que haber un error. Jorge dijo explícitamente que yo había solicitado el puesto de ayudante de redacción no de segunda ayudante.
-Ya, pues no es así -dijo en tono cortante- La segunda ayudante de Anna ha sido despedida así que ahora, lo serás tú. Da las gracias, te ayudará mucho. Si tienes en tu currículum que has trabajo en VOGUE, da igual el tiempo que sea, te contrataran en la mayoría de las revistas y periódicos de Nueva York. Así que ven, te voy a enseñar donde trabajaremos.
De repente, giró hacia la derecha. La seguí y llegamos a un espacio con dos mesas de caoba con grandes ordenadores MAC en ellas y unos teléfonos. Estas flanqueaban la entrada a otro despacho que estaba cerrado por puertas blancas.
-Esa será tu mesa -señaló la de la derecha al tiempo que dejaba su bolso Louis Vuitton en la suya-. Tendrás que estar aquí todos los días de lunes a viernes a las 7 en punto de la mañana ¿entendido? Aunque yo no esté aquí. Como soy la primera ayudante, puedo llegar entre media hora y cuarenta y cinco minutos tarde -sonrió, complacida por sus privilegiados cuarenta y cinco minutos- Nosotras atendemos todos los recados de Anna, todos y cada uno de ellos.
-¿To-todos los días?
-No, los fines de semana se los toma tranquilos. Los pasa en los Hamptons con sus hijas y su marido así que no tenemos de qué preocuparnos. Tiene una asistente personal allí, así que a nosotras no nos necesita.

Sidney me estuvo toda la mañana enseñando la redacción de la revista, presentándome a los trabajadores de ella y explicándome como funcionaban las cosas.
Cuando me pude ir, eran las 7 de la tarde, me pareció que había pasado en las oficinas una semana entera. ¿Tenía que ser así todos los días? Si, me temía que si. Lo primero que quería hacer, y solo eso, era llamar a Jorge y soltarle una buena bronca por no habermhe dicho que el trabajo que me había dicho que iba a tener no era el que yo quería. Le encontré a la salida de las oficinas y me dirigí a él enfurecida. Él me miró y se acercó a mí pero yo no le dejé decir nada y empecé a gritarle:
-¿Segunda ayudante? ¡¿Segunda ayudante?! ¡Me dijiste que era ayudante de redacción!
-Lo sé, lo siento, hubo unos contratiempos, pero venga, tienes un empleo en el que te pagan bien. -dijo con un tono comprensivo.
-¡Me da igual que me paguen bien! ¡Segunda ayudante! Dios, no me lo creo.

Y me fui. Y me hice una promesa. En seis meses tendría que haber encontrado un trabajo mejor.

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