domingo, 13 de marzo de 2011

Capítulo 6

Anna no se tomó nada bien mi decisión de irme de la revista, pero como ya había supuesto esa reacción tuve la sensatez de contratar a otra chica que ocupase mi lugar cuando me fuera.
Durante el mes que estuve trabajando como segunda ayudante, Raquel y Tati tuvieron que aguantar mis constantes quejas acerca de el trabajo y cuando por fin les dije que lo dejaba para irme a escribir una columna a un periódico, se pusieron eufóricas; “¡Ya no tendremos que aguantar tus quejas!” dijo Tati, “¡Libertad, dulce libertad!” exclamó Raquel. Yo simplemente permanecí sentada en el sofá mientras veía como ellas hacían un baile (un tanto tonto).

Nueva York estaba precioso en primavera. Central Park se había llenado de flores y el aire contenía esa bonita felicidad, haciéndonos saber que faltaba poco para el verano, para el calor, para algunas esperadas vacaciones, para pasar tiempo inolvidable con tus amigos.
Raquel se sentía bien con el buffet en el que estaba trabajando, no se puede decir que le fuera genial, pero no le iba mal. Y Tati estaba como pez en el agua con su galería, no estaba a cargo de toda ella, pero le gustaba.

···

Tenía que terminar el artículo para la columna y tenía que entregarlo mañana. Tati y Raquel estaban trabajando y a pesar de estar sola en el apartamento, la música que llegaba desde la ventana de la cocina hacía que se me crisparan los nervios así que decidí ir a la cafetería de la esquina a concentrarme, para variar.
Ya me había familiarizado con la ciudad, y tenía que decir que me gustaba más de lo que lo había echo antes de pisarla. Estaba totalmente enamorada de ella. La cafetería a la que solía ir para escribir mis artículos, cuando no lo hacía en casa, era un pequeño establecimiento que me quedaba al lado del apartamento, se llamaba Lekker Café.
Me senté en una mesa al lado de una ventana, puse el ordenador encima, pedí un café y me dispuse a acabar la columna. Estaba concentrada, más concentrada de lo que podía haber estado en casa (y eso ya era mucho), con un subidón después de tres cafés seguidos cuando un hombre entró por la puerta. ¿Recuerdas esa sensación que te produce ver que tu tienda favorita tiene nueva mercancía? Pues algo así me pasó cuando vi a ese chico. Manhattan está lleno de hombres, toda Nueva York está llena de ellos. Me había citado con muchos durante el tiempo que llevaba en la isla, pero ninguno me había llamado lo suficientemente la atención como para iniciar una relación con él. Lo máximo que había salido con un chico, en las cinco semanas que llevaba viviendo allí, había sido una semana.
Cruzamos una mirada y me sonrió. Yo sonreí y aparté la vista hacia mi ordenador.
Difícilmente había conseguido concentrarme en los quince minutos siguientes para poder terminar la columna. Sabía que el chico seguía en el café, pero no me atrevía a decirle nada. Así que con toda la pena del mundo, recogí mi portátil, dejé el dinero de los cuatro cafés en la mesa y me dirigí hacia la puerta. Entonces, oí a alguien exclamar.

-Perdón, señorita -dijo una atractiva voz masculina.
Me giré y vi al chico guapo, ¿guapo? Guapísimo, dirigiéndose hacia mi.
-¿Si?
-No he podido evitar fijarme en ti al entrar en el restaurante y tengo miedo de que si te vas por esa puerta, no nos volvamos a encontrar, así que… ¿te gustaría cenar conmigo esta noche a eso de las… 8 pongamos?
Me quedé un momento pensando, ¿por qué tenía que pensar en esa situación?
-Sería todo un placer -dije mientras sonreía.
-Genial, por cierto, me llamo Alex.
-Marta, es un placer. -nos dimos la mano- Bien pues… hasta mañana. -y me di la vuelta.
-Eh perdón -me volví a girar, sonriendo, era inevitable sonreír ante él- ¿dónde vives? Así te podré ir a buscar.

¿Cuántos chicos quedaban como él en Manhattan? ¿O en el mundo? Era moreno, guapo, atractivo, alto, con unos preciosos ojos verdes, y además era educado, ¿se necesitaba más para que una chica cayera rendida a los pies de alguien? Y un plus, me iría a buscar él, no tendría que ir caminando, ¿cuántos chicos habían echo eso con los que yo había salido en Manhattan? Ninguno. Además, ¿qué día era mañana? Jueves. Perfecto. En Manhattan hay como una serie de reglas para las citas; si tienes una cita un lunes o un martes, es que no tienes posibilidades, la gente trabaja así que será como “Solo salgo contigo por pena, pero no te preocupes, no nos volveremos a ver después de esta noche”, pero si en cambio tienes una cita un jueves, viernes o sábado… ¡din din din! Estás de suerte, porque puede ser que tengas una segunda cita. Y si, al día siguiente era jueves.

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