Studio 63 era el pub de moda en Manhattan. Todo el que fuera alguien tenía que pasar por él. Así que sin más intenciones que pasar una noche divertida, mis amigas y yo nos fuimos a pasárnoslo bien.
Al llegar había una cola algo grande, pero esperamos, ésta avanzaba rápido y queríamos entrar como fuera. Cuando llegamos el portero nos miró de arriba abajo, evaluándonos, y, sorprendentemente, nos abrió la puerta y nos hizo una seña con la cabeza para que pasáramos, ¡lo conseguimos! Estábamos en el local de moda de Nueva York.
Al entrar, me convencí de que había entrado en un universo paralelo a la ciudad. El pub era un sitio grande, pero no lo parecía por la cantidad de gente que hablaba, bailaba, bebía o simplemente estaba sentada en la barra. Luces de colores por todos lados, música moderna que se compenetraba muy bien con el ambiente, parecía que la gente estaba como en su casa.
Mis amigas y yo nos apresuramos a ir a la barra y pedir un Cosmopolitan para cada una. El camarero nos los sirvió acompañados de unas increíbles e imposibles piruetas con la coctelera. Cuando los tuvimos en la mano, nos fuimos a sentar a uno de los muchos sofás que había a lo largo de la pared. Divisamos uno en el que no había nadie sentado. Al sentarnos, miramos a nuestro alrededor y no veíamos otra cosa que a gente bailando, besándose entre ellos, saltando, gritando, riendo… Totalmente eufórica.
-Eh, ¿qué os parece ese? -preguntó Raquel.
-Oh Dios, ya estamos, Raquel es nuestra primera noche, tranquilízate, además, es NUESTRA noche, solo de chicas.-dije yo.
-Venga Marta, solo míralo un momento -yo moví la cabeza y me limité a mirar hacia la barra, indignada- Está bien ¿sabéis qué? Vamos a bailar, venga, vamos. -Raquel se levantó, nos cogió de las manos y nos sacó a la pista.
Bailamos lo que parecieron horas, bebimos, reíamos… Hicimos todo y más. A las tres de la mañana los efectos que nos había provocado el alcohol habían desparecido y el subidón que nos había tenido en pie hasta ese momento también. Así que con decisión salimos de el pub y pedimos un taxi al más puro estilo neoyorquino. Nos llevó a casa y como pudimos, subimos al cuarto piso. Tati se fue directamente a su habitación y por el ruido, supusimos que se había tirado en la cama directamente, sin quitarse la ropa ni los zapatos ni nada. Raquel y yo, como era natural, hicimos lo mismo.
A la mañana siguiente me desperté medio moribunda en mi habitación. Decidí levantarme, a duras penas, ya que ese domingo tenía que poner en orden todo lo del piso, el trabajo y demás cosas para empezar la semana con normalidad. Encontré a Raquel tirada en el suelo, aún dormida, ignoraba si se había caído de la cama o si simplemente se había dormido a medio camino.
Fui al baño, quería darme una ducha y despejarme. La ducha, que en un principio sería rápida, duró alrededor de tres cuartos de hora, pero cuando salí, era como si hubiera vuelto a nacer. Me puse una ropa cómoda ( http://www.polyvore.com/cgi/set?id=28164129 ) y bajé a por un café y a por el periódico.
Al llegar otra vez al piso, encontré a Tati viendo la televisión y a Raquel dormitando a su lado. Me senté en el sofá y empecé a beber de mi capuchino mientras ojeaba el New York Times.
Al día siguiente empezaría a trabajar en mi primer trabajo en esta ciudad, el primero de muchos, me temía. Gracias a mi mejor amigo, que había llegado a Nueva York hacía un año y que ya era uno de los estilistas más conocidos de Manhattan, cosa que me había servido de mucho, había conseguido una entrevista para trabajar en VOGUE, como ayudante de redacción. Jorge, así se llama él, había insistido en que no hacía falta ninguna entrevista y que sería perfecta para el puesto, su definición fue “es muy eficiente, aprende rápido, sabe trabajar, se amolda perfectamente a toda clase de condiciones, es lista ¿qué más puedes pedir para una ayudante de redacción?”. Yo tenía esa respuesta. La gente en VOGUE solía vestir siempre de marca, y no de marcas corrientes, marcas fuera de el alcance de cualquier persona con un salario corriente. Yo no tenía esa ropa, pero aún así, esperaba que todos los rumores de que si trabajabas en VOGUE significaba que tenías que vestir bien, fueran inciertos. Esperaba que allí se reconociera mucho más el trabajo que la apariencia, aunque no me lo creía ni yo.
Un mensaje llegó a mi móvil, era de Jorge “Tengo una sorpresa para ti, llámame en cuanto puedas”. ¿Una sorpresa? ¿Qué clase de sorpresa?
Al llegar había una cola algo grande, pero esperamos, ésta avanzaba rápido y queríamos entrar como fuera. Cuando llegamos el portero nos miró de arriba abajo, evaluándonos, y, sorprendentemente, nos abrió la puerta y nos hizo una seña con la cabeza para que pasáramos, ¡lo conseguimos! Estábamos en el local de moda de Nueva York.
Al entrar, me convencí de que había entrado en un universo paralelo a la ciudad. El pub era un sitio grande, pero no lo parecía por la cantidad de gente que hablaba, bailaba, bebía o simplemente estaba sentada en la barra. Luces de colores por todos lados, música moderna que se compenetraba muy bien con el ambiente, parecía que la gente estaba como en su casa.
Mis amigas y yo nos apresuramos a ir a la barra y pedir un Cosmopolitan para cada una. El camarero nos los sirvió acompañados de unas increíbles e imposibles piruetas con la coctelera. Cuando los tuvimos en la mano, nos fuimos a sentar a uno de los muchos sofás que había a lo largo de la pared. Divisamos uno en el que no había nadie sentado. Al sentarnos, miramos a nuestro alrededor y no veíamos otra cosa que a gente bailando, besándose entre ellos, saltando, gritando, riendo… Totalmente eufórica.
-Eh, ¿qué os parece ese? -preguntó Raquel.
-Oh Dios, ya estamos, Raquel es nuestra primera noche, tranquilízate, además, es NUESTRA noche, solo de chicas.-dije yo.
-Venga Marta, solo míralo un momento -yo moví la cabeza y me limité a mirar hacia la barra, indignada- Está bien ¿sabéis qué? Vamos a bailar, venga, vamos. -Raquel se levantó, nos cogió de las manos y nos sacó a la pista.
Bailamos lo que parecieron horas, bebimos, reíamos… Hicimos todo y más. A las tres de la mañana los efectos que nos había provocado el alcohol habían desparecido y el subidón que nos había tenido en pie hasta ese momento también. Así que con decisión salimos de el pub y pedimos un taxi al más puro estilo neoyorquino. Nos llevó a casa y como pudimos, subimos al cuarto piso. Tati se fue directamente a su habitación y por el ruido, supusimos que se había tirado en la cama directamente, sin quitarse la ropa ni los zapatos ni nada. Raquel y yo, como era natural, hicimos lo mismo.
A la mañana siguiente me desperté medio moribunda en mi habitación. Decidí levantarme, a duras penas, ya que ese domingo tenía que poner en orden todo lo del piso, el trabajo y demás cosas para empezar la semana con normalidad. Encontré a Raquel tirada en el suelo, aún dormida, ignoraba si se había caído de la cama o si simplemente se había dormido a medio camino.
Fui al baño, quería darme una ducha y despejarme. La ducha, que en un principio sería rápida, duró alrededor de tres cuartos de hora, pero cuando salí, era como si hubiera vuelto a nacer. Me puse una ropa cómoda ( http://www.polyvore.com/cgi/set?id=28164129 ) y bajé a por un café y a por el periódico.
Al llegar otra vez al piso, encontré a Tati viendo la televisión y a Raquel dormitando a su lado. Me senté en el sofá y empecé a beber de mi capuchino mientras ojeaba el New York Times.
Al día siguiente empezaría a trabajar en mi primer trabajo en esta ciudad, el primero de muchos, me temía. Gracias a mi mejor amigo, que había llegado a Nueva York hacía un año y que ya era uno de los estilistas más conocidos de Manhattan, cosa que me había servido de mucho, había conseguido una entrevista para trabajar en VOGUE, como ayudante de redacción. Jorge, así se llama él, había insistido en que no hacía falta ninguna entrevista y que sería perfecta para el puesto, su definición fue “es muy eficiente, aprende rápido, sabe trabajar, se amolda perfectamente a toda clase de condiciones, es lista ¿qué más puedes pedir para una ayudante de redacción?”. Yo tenía esa respuesta. La gente en VOGUE solía vestir siempre de marca, y no de marcas corrientes, marcas fuera de el alcance de cualquier persona con un salario corriente. Yo no tenía esa ropa, pero aún así, esperaba que todos los rumores de que si trabajabas en VOGUE significaba que tenías que vestir bien, fueran inciertos. Esperaba que allí se reconociera mucho más el trabajo que la apariencia, aunque no me lo creía ni yo.
Un mensaje llegó a mi móvil, era de Jorge “Tengo una sorpresa para ti, llámame en cuanto puedas”. ¿Una sorpresa? ¿Qué clase de sorpresa?
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