Nueva York, tierra de sueños. De sueños por cumplir o incluso algunos cumplidos. De sueños de cientos de miles de personas que habitan el planeta Tierra. De sueños imposibles o posibles. De sueños albergados con esperanza en los corazones de sus propietarios y que esperan realizarlos algún día, por remoto que éste sea. Entre ellos estoy yo.
Mientras sobrevolábamos alguna parte del Atlántico, no muy lejana a mi destino, pensé en todo lo que había echo en España, todo lo que dejaba atrás y todo lo que haría en Nueva York, todo a lo que le había abierto las puertas. Había dejado a mi familia allí, había dejado a la mayor parte de unos muy buenos amigos y muchos, muchísimos, infinidad de recuerdos en España. Cada calle de Coruña tenía una marca, una marca de la cual mis amigos y yo éramos responsables. Por cada una de sus calles, plazas y parques habíamos estado durante mis largos veinticuatro años en esa gran, aunque al mismo tiempo pequeña, ciudad marinera. También pensé en todo lo que me esperaría en Nueva York. Me había encargado de llevarme una gran parte de mí a Nueva York, además de lo material, me había llevado a mis dos grandes amigas por excelencia. Sabía que lo que nos esperaba en Nueva York sería algo grande, muy grande, tenía esperanza.
Bajé del avión, con el corazón en un puño, conteniendo la respiración. Sin poder controlar mi pulso. Ya estaba en Nueva York, mi nueva vida acababa de empezar.
Al salir del aeropuerto dejé que esa maravillosa brisa primaveral me acariciase la cara. Si, no era un sueño, estaba allí, estaba en Nueva York. Parecía como si no pudiera ser verdad y como si de repente alguien me fuera a despertar de un profundo sueño. Pero no, esta vez no, esta vez era verdad.
Al llegar a Manhattan no pude contener un grito de asombro, parecía como si la ciudad tuviera vida propia. Edificios enormes por todos lados, en cada calle había cientos de peatones, decenas de coches en las carreteras… Era magnífico.
-Ya hemos llegado -dijo el taxista por segunda vez a mis amigas y a mí, parecía que nos habíamos quedado en trance con la ciudad.
Pagamos, cogimos nuestras maletas y las pusimos al pie del edificio que a partir de ese día, sería nuestra casa. Debido a que los apartamentos en Manhattan eran excesivamente caros, decidimos compartirlo, nos pareció divertido y a la vez un tanto irritante ya que las tres teníamos personalidades algo distintas.
Como pudimos, cogimos nuestras maletas y subimos hasta el vestíbulo, en él un portero que más tarde nos enteramos de que se llamaba John, nos ayudó a subirlas hasta el piso (por desgracia, no había ascensor). Nos entregó las copias de la llave y se despidió cordialmente.
Entramos en el piso y nos pusimos como locas ¡era nuestro! Por fin estábamos ahí.
No era muy grande, una cocina y un salón compartidos, dos habitaciones y un baño. Estaba algo amueblado por lo que nos dijo nuestro casero. Tenía camas, armarios, ducha, WC, lavabo, sofá y sorprendentemente una televisión (algo pequeña).
Tati se fue corriendo y gritando a la vez hacía la habitación más pequeña y que por lo tanto, no había que compartir y empezó a gritar “¡Me la pido, me la pido!” al ritmo de un baile un tanto extraño.
Raquel y yo no nos pudimos contener, y nos empezamos a desternillar de la risa. Corrimos a nuestra habitación y vimos que solo había una cama, nos miramos, nos reímos y nos seguimos riendo. Tendríamos que venderla y así podríamos sacarle un buen partido para comprar dos camas individuales.
Tardamos un buen rato en concentrarnos para poder ordenador todo y cuando acabamos estábamos agotadas. Nos dejamos caer en el sofá y estuvimos así, calladas, mirando a la televisión, apagada, durante un buen rato.
-¡Chicas es viernes! -dije yo después de un buen rato.
-Que observadora. -dijo Raquel.
-Estamos en Manhattan, un viernes por la noche, ¿y nos vamos a quedar sentadas en un sofá, miranda a un televisor apagado? ¡Claro que no! Venga, poneros de pie, vamos a vestirnos.
-¿Estás de coña? Hemos estado como más de dos horas ordenándolo todo. No, ni de coña, yo esta noche no salgo -aseguró Tati.
-Ya, hasta que te diga a dónde tengo pensado ir -silencio- Vamos, ¡preguntadme!
-¿A dónde tienes pensando ir? -preguntó muy a su pesar Raquel.
-¡A Studio 63!
-¿No era 54?
-Si, pero abrieron uno nuevo llamado así, ¡es genial! En él está todo el mundo que es alguien en Nueva York.
-Ya, pero nosotras no somos nadie. Acabamos de llegar apenas hace seis horas.
-¿Y? Tendremos que ir acostumbrándonos a este tipo de pubs. Venga, que se nos hace tarde.
Nos empezamos a vestir para ir a Studio 63. Aunque no lo decían, yo sabía que tenían ganas de salir. Estábamos en Manhattan sin nadie que se preocupara a que hora teníamos llegar. Éramos libres.
Mientras sobrevolábamos alguna parte del Atlántico, no muy lejana a mi destino, pensé en todo lo que había echo en España, todo lo que dejaba atrás y todo lo que haría en Nueva York, todo a lo que le había abierto las puertas. Había dejado a mi familia allí, había dejado a la mayor parte de unos muy buenos amigos y muchos, muchísimos, infinidad de recuerdos en España. Cada calle de Coruña tenía una marca, una marca de la cual mis amigos y yo éramos responsables. Por cada una de sus calles, plazas y parques habíamos estado durante mis largos veinticuatro años en esa gran, aunque al mismo tiempo pequeña, ciudad marinera. También pensé en todo lo que me esperaría en Nueva York. Me había encargado de llevarme una gran parte de mí a Nueva York, además de lo material, me había llevado a mis dos grandes amigas por excelencia. Sabía que lo que nos esperaba en Nueva York sería algo grande, muy grande, tenía esperanza.
Bajé del avión, con el corazón en un puño, conteniendo la respiración. Sin poder controlar mi pulso. Ya estaba en Nueva York, mi nueva vida acababa de empezar.
Al salir del aeropuerto dejé que esa maravillosa brisa primaveral me acariciase la cara. Si, no era un sueño, estaba allí, estaba en Nueva York. Parecía como si no pudiera ser verdad y como si de repente alguien me fuera a despertar de un profundo sueño. Pero no, esta vez no, esta vez era verdad.
Al llegar a Manhattan no pude contener un grito de asombro, parecía como si la ciudad tuviera vida propia. Edificios enormes por todos lados, en cada calle había cientos de peatones, decenas de coches en las carreteras… Era magnífico.
-Ya hemos llegado -dijo el taxista por segunda vez a mis amigas y a mí, parecía que nos habíamos quedado en trance con la ciudad.
Pagamos, cogimos nuestras maletas y las pusimos al pie del edificio que a partir de ese día, sería nuestra casa. Debido a que los apartamentos en Manhattan eran excesivamente caros, decidimos compartirlo, nos pareció divertido y a la vez un tanto irritante ya que las tres teníamos personalidades algo distintas.
Como pudimos, cogimos nuestras maletas y subimos hasta el vestíbulo, en él un portero que más tarde nos enteramos de que se llamaba John, nos ayudó a subirlas hasta el piso (por desgracia, no había ascensor). Nos entregó las copias de la llave y se despidió cordialmente.
Entramos en el piso y nos pusimos como locas ¡era nuestro! Por fin estábamos ahí.
No era muy grande, una cocina y un salón compartidos, dos habitaciones y un baño. Estaba algo amueblado por lo que nos dijo nuestro casero. Tenía camas, armarios, ducha, WC, lavabo, sofá y sorprendentemente una televisión (algo pequeña).
Tati se fue corriendo y gritando a la vez hacía la habitación más pequeña y que por lo tanto, no había que compartir y empezó a gritar “¡Me la pido, me la pido!” al ritmo de un baile un tanto extraño.
Raquel y yo no nos pudimos contener, y nos empezamos a desternillar de la risa. Corrimos a nuestra habitación y vimos que solo había una cama, nos miramos, nos reímos y nos seguimos riendo. Tendríamos que venderla y así podríamos sacarle un buen partido para comprar dos camas individuales.
Tardamos un buen rato en concentrarnos para poder ordenador todo y cuando acabamos estábamos agotadas. Nos dejamos caer en el sofá y estuvimos así, calladas, mirando a la televisión, apagada, durante un buen rato.
-¡Chicas es viernes! -dije yo después de un buen rato.
-Que observadora. -dijo Raquel.
-Estamos en Manhattan, un viernes por la noche, ¿y nos vamos a quedar sentadas en un sofá, miranda a un televisor apagado? ¡Claro que no! Venga, poneros de pie, vamos a vestirnos.
-¿Estás de coña? Hemos estado como más de dos horas ordenándolo todo. No, ni de coña, yo esta noche no salgo -aseguró Tati.
-Ya, hasta que te diga a dónde tengo pensado ir -silencio- Vamos, ¡preguntadme!
-¿A dónde tienes pensando ir? -preguntó muy a su pesar Raquel.
-¡A Studio 63!
-¿No era 54?
-Si, pero abrieron uno nuevo llamado así, ¡es genial! En él está todo el mundo que es alguien en Nueva York.
-Ya, pero nosotras no somos nadie. Acabamos de llegar apenas hace seis horas.
-¿Y? Tendremos que ir acostumbrándonos a este tipo de pubs. Venga, que se nos hace tarde.
Nos empezamos a vestir para ir a Studio 63. Aunque no lo decían, yo sabía que tenían ganas de salir. Estábamos en Manhattan sin nadie que se preocupara a que hora teníamos llegar. Éramos libres.
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