miércoles, 23 de marzo de 2011

Capítulo 7

Eran las ocho menos cuarto y me había cambiado de vestido unas 3 veces. ¿Cómo era posible que después de cinco semanas de grandes compras no tuviera ningún vestido para ponerme una noche? Caminé por mi lado del pequeño vestidor que compartía con Raquel y me paré observando un vestido. Lo había comprado la segunda semana de mi llegada a la ciudad, había sido un poco caro, pero merecía la pena, era un vestido precioso y… haciendo memoria, no me lo había puesto nunca, sería una buena ocasión para estrenarlo. http://www.polyvore.com/cgi/set?id=29327394&.locale=es Me ricé suavemente el pelo, y cuando estaba retocándome el maquillaje, llamaron a mi puerta. Fui corriendo hasta la ventana de mi habitación y vi a Alex en la calle, miró hacia arriba y me sonrió. Corrí a coger mi bolso y me apresuré a salir del piso. Bajé las escaleras del portal y me quedé plantada en la última. Alex estaba… perfecto. No era ni demasiado formal ni demasiado casual. Unos tejanos cubrían unos zapatos negros, una camisa de cuadros sobresalía por debajo de una americana negra. Era impresionante, como una persona podía conseguir que con algo tan simple, su atractivo aumentara con creces. Entonces, me di cuenta de que me había quedado un poco más del tiempo debido mirándole, pero no me preocupé, él también lo estaba haciendo.

- Estás guapísima -dijo con una sonrisa.
- Gracias -contesté mientras bajaba el escalón en el que me había quedado.
- Vamos - dijo al tiempo que me ofrecía su brazo y me sonreía.

Yo enlacé el mío con el suyo y empezamos a caminar.

- Pensé que íbamos a ir en coche.
- Hace una noche demasiado bonita como para desperdiciarla en coche.
- Ya, es preciosa -dije mirando al cielo.
- También hay otras cosas preciosas que ver esta noche.

Seguimos caminando, disfrutando de esa bonita noche de primavera. Llegamos al restaurante que había elegido, uno italiano. Estaba lleno de gente, pero Alex había echo una reserva, así que no tuvimos que esperar. Nos sentamos en una mesa al lado de un ventanal, estaba un poco apartada del resto de las mesas y era perfecta.
La carta era una odisea, ¡tenían de todo! Así que sin rodeos pedí unos fettuccini. Nos pasamos toda la cena hablando. Nos contamos nuestra vida de cabo a rabo. Me contó que él era de Liverpool, pero había llegado a Nueva York por motivos de trabajo, era arquitecto y tenía 25 años, uno más que yo.
Alex me acompañó a casa, y acordamos quedar la próxima semana para ir al teatro.

Mis amigas y yo habíamos establecido una regla cuando empezamos a salir con chicos en Nueva York, no nos llevaríamos a nadie a la cama, por más que quisiéramos, hasta la tercera o cuarta cita.
Alex era fantástico, me encantaba, era perfecto. Y no podía esperar a la siguiente cita … ni a empezar a darles envidia a Raquel y a Tati.

domingo, 13 de marzo de 2011

Capítulo 6

Anna no se tomó nada bien mi decisión de irme de la revista, pero como ya había supuesto esa reacción tuve la sensatez de contratar a otra chica que ocupase mi lugar cuando me fuera.
Durante el mes que estuve trabajando como segunda ayudante, Raquel y Tati tuvieron que aguantar mis constantes quejas acerca de el trabajo y cuando por fin les dije que lo dejaba para irme a escribir una columna a un periódico, se pusieron eufóricas; “¡Ya no tendremos que aguantar tus quejas!” dijo Tati, “¡Libertad, dulce libertad!” exclamó Raquel. Yo simplemente permanecí sentada en el sofá mientras veía como ellas hacían un baile (un tanto tonto).

Nueva York estaba precioso en primavera. Central Park se había llenado de flores y el aire contenía esa bonita felicidad, haciéndonos saber que faltaba poco para el verano, para el calor, para algunas esperadas vacaciones, para pasar tiempo inolvidable con tus amigos.
Raquel se sentía bien con el buffet en el que estaba trabajando, no se puede decir que le fuera genial, pero no le iba mal. Y Tati estaba como pez en el agua con su galería, no estaba a cargo de toda ella, pero le gustaba.

···

Tenía que terminar el artículo para la columna y tenía que entregarlo mañana. Tati y Raquel estaban trabajando y a pesar de estar sola en el apartamento, la música que llegaba desde la ventana de la cocina hacía que se me crisparan los nervios así que decidí ir a la cafetería de la esquina a concentrarme, para variar.
Ya me había familiarizado con la ciudad, y tenía que decir que me gustaba más de lo que lo había echo antes de pisarla. Estaba totalmente enamorada de ella. La cafetería a la que solía ir para escribir mis artículos, cuando no lo hacía en casa, era un pequeño establecimiento que me quedaba al lado del apartamento, se llamaba Lekker Café.
Me senté en una mesa al lado de una ventana, puse el ordenador encima, pedí un café y me dispuse a acabar la columna. Estaba concentrada, más concentrada de lo que podía haber estado en casa (y eso ya era mucho), con un subidón después de tres cafés seguidos cuando un hombre entró por la puerta. ¿Recuerdas esa sensación que te produce ver que tu tienda favorita tiene nueva mercancía? Pues algo así me pasó cuando vi a ese chico. Manhattan está lleno de hombres, toda Nueva York está llena de ellos. Me había citado con muchos durante el tiempo que llevaba en la isla, pero ninguno me había llamado lo suficientemente la atención como para iniciar una relación con él. Lo máximo que había salido con un chico, en las cinco semanas que llevaba viviendo allí, había sido una semana.
Cruzamos una mirada y me sonrió. Yo sonreí y aparté la vista hacia mi ordenador.
Difícilmente había conseguido concentrarme en los quince minutos siguientes para poder terminar la columna. Sabía que el chico seguía en el café, pero no me atrevía a decirle nada. Así que con toda la pena del mundo, recogí mi portátil, dejé el dinero de los cuatro cafés en la mesa y me dirigí hacia la puerta. Entonces, oí a alguien exclamar.

-Perdón, señorita -dijo una atractiva voz masculina.
Me giré y vi al chico guapo, ¿guapo? Guapísimo, dirigiéndose hacia mi.
-¿Si?
-No he podido evitar fijarme en ti al entrar en el restaurante y tengo miedo de que si te vas por esa puerta, no nos volvamos a encontrar, así que… ¿te gustaría cenar conmigo esta noche a eso de las… 8 pongamos?
Me quedé un momento pensando, ¿por qué tenía que pensar en esa situación?
-Sería todo un placer -dije mientras sonreía.
-Genial, por cierto, me llamo Alex.
-Marta, es un placer. -nos dimos la mano- Bien pues… hasta mañana. -y me di la vuelta.
-Eh perdón -me volví a girar, sonriendo, era inevitable sonreír ante él- ¿dónde vives? Así te podré ir a buscar.

¿Cuántos chicos quedaban como él en Manhattan? ¿O en el mundo? Era moreno, guapo, atractivo, alto, con unos preciosos ojos verdes, y además era educado, ¿se necesitaba más para que una chica cayera rendida a los pies de alguien? Y un plus, me iría a buscar él, no tendría que ir caminando, ¿cuántos chicos habían echo eso con los que yo había salido en Manhattan? Ninguno. Además, ¿qué día era mañana? Jueves. Perfecto. En Manhattan hay como una serie de reglas para las citas; si tienes una cita un lunes o un martes, es que no tienes posibilidades, la gente trabaja así que será como “Solo salgo contigo por pena, pero no te preocupes, no nos volveremos a ver después de esta noche”, pero si en cambio tienes una cita un jueves, viernes o sábado… ¡din din din! Estás de suerte, porque puede ser que tengas una segunda cita. Y si, al día siguiente era jueves.

viernes, 11 de marzo de 2011

Capítulo 5

Habían pasado un mes desde mi llegada a la gran manzana. En ese mes, había empezado a trabajar para la revista de moda más influyente del mundo. No era que no me gustara mi trabajo, bueno, ¿a quién voy a engañar? En mi opinión, servir café y contestar al teléfono, no me iban a ayudar a ser una buena periodista. Pero si era cierto lo que decían, por cada mes trabajando en VOGUE, una puerta de otra editorial se abría ante ti. De hecho, no me iba tan mal, había conocido a bastante gente importante en el mundo editorial gracias a todas las fiestas que había organizado Anna en ese mes. Y, casi por un milagro, había conocido a uno de los redactores más importantes de Nueva York. Se llamaba Paul Thomson y me aseguró que cuando quisiera dejar mi trabajo con Anna, tendría un puesto asegurado en el periódico. Le había mandado varios e-mails con mis trabajos de la universidad y me había dicho que todos eran impresionantes. De hecho, habíamos quedado ese día para tomar un café y para hablar.
Llegaba cinco minutos tarde y no había ni un maldito taxi en todo Manhattan que pudiera cogerme. Así que decidí ir caminando.
Llegué al Starbucks en el que habíamos quedado unos minutos más tarde, entré y por suerte encontré a Paul sentado en una mesa leyendo el periódico. Me acerqué hacia él y le sonreí.
- Lo siento Paul -dije mientras me sentaba delante de él- es que no había ni un taxi en todo Manhattan que me pudiera llevar.
- No pasa nada, no te preocupes -dijo mientras me sonreía.

Paul era un hombre de unos cuarenta y tantos que llevaba trabajando en el Nueva York por lo menos, más de veinte. Tenía unos ligeros rasgos orientales, a pesar de que procediera de Suiza. Había llegado a Nueva York con el mismo objetivo que tenía yo en esos momentos, conseguir mi sueño. Cuando llegó a Nueva York no tenía muchos recursos, pero ahora era una de las personas más influyentes en el mundo editorial.

- Bueno, ¿te ha gustado el último trabajo que te he mandado?
- Si, la verdad, me han gustado todos. Pero verás, te he llamado porque te quería proponer una cosa.
- Si, claro, dime. -contesté mientras daba un sorbo a mi capuccino.
- Bueno, el director del periódico ha estado hablando conmigo, quería que la diera algunas ideas nuevas para el periódico. Queremos escritores nuevos, ya sabes, cosas más juveniles, no queremos que el periódico se convierta en algo que solo leen los viejos.
- Si, te entiendo -dije entre una carcajada.
- Bien -sonrió-. Pues al director le han encantado tus trabajos y hemos pensado en darte una columna.
-¿Una columna? ¿Para mí? ¿Para mí sola? ¿Y de qué tratará?
- Eso es a lo que voy. Como eres joven, hemos supuesto que no querrías escribir sobre temas aburridos, si no que te gustaría escribir sobre temas… que molen, ¿no decís eso?
- Si, si, eso -dije mientras me reía.
- Luego, se nos ha ocurrido que podrías escribir sobre la ciudad. Pero hemos pensado que solo sobre la ciudad sería también un poco aburrido. Así que hemos mezclado la ciudad, con la vida juvenil, ¿qué te parece?
- Espera, ¿quieres qué escriba sobre mi vida? ¿Sobre la nueva vida que estoy llevando en Nueva York?
- Exacto. ¿Qué pasa? ¿No te gusta?
- ¡Me encanta! ¿Cuándo empiezo?

Salí de la cafetería con una alegría en el cuerpo que no se podía comparar con nada. Iba a dejar VOGUE para trabajar en un periódico, iba a tener mi propia columna y por fin iba a escribir. Había tardado un mes en conseguirlo, había desperdiciado un mes de mi vida en trabajar en algo que no me había gustado pero daba igual porque a partir de ahora iba a trabajar en algo que me gustaba, que era lo que había querido hacer siempre y era lo que había ido a hacer a esa ciudad.
La columna se publicaría diariamente y por cada palabra me pagarían 2$. No estaba nada mal ya que en una semana podría llegar a ganar 1400$. Y lo mejor de todo era que no tenía horario de trabajo, podría hacer la columna por la noche, por la mañana, en horas al azar… daba igual, solo tendría que entregarla a tiempo.
Era el trabajo de mis sueños.

Capítulo 4

Llegué a las oficinas Louis Gant a las 6:30 am, Jorge me había dicho que tenía que prepararme para mi primer día de trabajo así que llegué con media hora de antelación. Había elegido un conjunto bonito, ligero y formal para mi primer día de trabajo. Jorge mencionó que mi jefa iba a ser alguien que no toleraba la indiferencia por la moda, así que siempre tenía que ir con la idea de todas las tendencias, al fin y al cabo “vives en Nueva York”, había dicho. http://www.polyvore.com/cgi/set?id=28281899 y con el pelo liso y suelto.
Empecé a subir las escaleras, hacia las puertas giratorias en las que decenas de empresarios pasaban sus minutos de descanso fumando. Al entrar no pude hacer otra cosa que avergonzarme de mí misma. A mi alrededor solo había gente alta, esquelética, guapísima y que parecía sacada de una pasarela. Arrastrando mis prejuicios llegué a la recepción para preguntar donde estaban las oficinas de redacción de VOGUE. Cogí los ascensores y me dirigí a la 5º planta. Al llegar, parecía que había cogido un ascensor al mismísimo cielo. Todo, absolutamente todo, era blanco. Blanco en la pared, blanco en el suelo, blanco en los pomos de las puertas de cristal, blanco en los escritorios, en los cuadros… TODO era blanco.
No sabía qué hacer así que me senté a esperar a que apareciera alguien. Solo tardaron tres minutos en responder a mi llamada. Por las puertas de cristal apareció una chica alta, de un pálido elegante y rubia, aparentaba unos 27 o 28 años. Iba vestida perfectamente. Miré sus delgadísimas piernas y luego miré las mías. Quería irme, ¿por qué había aceptado ese empleo? Ah si, no sabía las altas probabilidades de depresión moral que tenía. No era que yo estuviera gorda, pero en comparación con ellas yo estaba no sé, obesa.
La chica alta, rubia y guapa me miró.

-¿Eres Marta?
-S-si -balbuceé.
-Bien, sígueme.
Empezó a andar por un pasillo (blanco también) y yo la seguí.
-Soy Sidney, ayudante de Anna, primera ayudante de Anna -recalcó la palabra primera-. A partir de ahora tú serás su segunda ayudante…
¡Espera! ¿Había dicho segunda ayudante? ¿Le había entendido mal? Si, seguro que le había entendido mal. Yo tenía un trabajo como ayudante de redacción, no como segunda ayudante. Eso es, tenía que haber sido un malentendido.
-¿Segunda ayudante? No, tiene que haber un error. Jorge dijo explícitamente que yo había solicitado el puesto de ayudante de redacción no de segunda ayudante.
-Ya, pues no es así -dijo en tono cortante- La segunda ayudante de Anna ha sido despedida así que ahora, lo serás tú. Da las gracias, te ayudará mucho. Si tienes en tu currículum que has trabajo en VOGUE, da igual el tiempo que sea, te contrataran en la mayoría de las revistas y periódicos de Nueva York. Así que ven, te voy a enseñar donde trabajaremos.
De repente, giró hacia la derecha. La seguí y llegamos a un espacio con dos mesas de caoba con grandes ordenadores MAC en ellas y unos teléfonos. Estas flanqueaban la entrada a otro despacho que estaba cerrado por puertas blancas.
-Esa será tu mesa -señaló la de la derecha al tiempo que dejaba su bolso Louis Vuitton en la suya-. Tendrás que estar aquí todos los días de lunes a viernes a las 7 en punto de la mañana ¿entendido? Aunque yo no esté aquí. Como soy la primera ayudante, puedo llegar entre media hora y cuarenta y cinco minutos tarde -sonrió, complacida por sus privilegiados cuarenta y cinco minutos- Nosotras atendemos todos los recados de Anna, todos y cada uno de ellos.
-¿To-todos los días?
-No, los fines de semana se los toma tranquilos. Los pasa en los Hamptons con sus hijas y su marido así que no tenemos de qué preocuparnos. Tiene una asistente personal allí, así que a nosotras no nos necesita.

Sidney me estuvo toda la mañana enseñando la redacción de la revista, presentándome a los trabajadores de ella y explicándome como funcionaban las cosas.
Cuando me pude ir, eran las 7 de la tarde, me pareció que había pasado en las oficinas una semana entera. ¿Tenía que ser así todos los días? Si, me temía que si. Lo primero que quería hacer, y solo eso, era llamar a Jorge y soltarle una buena bronca por no habermhe dicho que el trabajo que me había dicho que iba a tener no era el que yo quería. Le encontré a la salida de las oficinas y me dirigí a él enfurecida. Él me miró y se acercó a mí pero yo no le dejé decir nada y empecé a gritarle:
-¿Segunda ayudante? ¡¿Segunda ayudante?! ¡Me dijiste que era ayudante de redacción!
-Lo sé, lo siento, hubo unos contratiempos, pero venga, tienes un empleo en el que te pagan bien. -dijo con un tono comprensivo.
-¡Me da igual que me paguen bien! ¡Segunda ayudante! Dios, no me lo creo.

Y me fui. Y me hice una promesa. En seis meses tendría que haber encontrado un trabajo mejor.

Capítulo 3

Jorge llegó unos minutos después de que le hubiera llamado, le dije que prefería que él viniese a casa ya que solo llevaba un día en Nueva York y no me movía mucho por ella. Le abrí la puerta y le di un fuerte abrazo, hacía más de un año que no le veía. Estaba como siempre, aunque con un aire mucho más neoyorquino. Estaba igual de alto, con el pelo marrón oscuro impecablemente peinado con un estilo muy moderno, con su gran sonrisa en la cara y con un gran sentido de la moda, igual que la última vez que le había visto. Siempre había sido así, y por eso era mi mejor amigo.

-Bueno, verás, Anna quiere que te pongas a trabajar cuanto antes, así que mañana tendrás que estar en la oficina a las 7 -dijo mientras se sentaba en el sofá.
-¿A las 7? Bueno, está bien.
-Si, y por cierto, Anna es muy pero que muy competente, con lo cual todo tiene que ser perfecto para ella ¿de acuerdo? No puede fallar nada, todo tiene que salir a la perfección a todas horas.
-Vale, está bien, creo que lo podré hacer bien.
-Por cierto -intervino Tati- ¿qué sorpresa era esa de la que hablabas?
-Ah claro, bajad, esto os va a encantar.

Jorge nos hizo bajar hasta la calle y nos condujo hasta un coche negro que estaba aparcado en la acera. Abrió el maletero y ahí, en medio de la calle, dentro de ese simple maletero estaba todo un armario de ensueño. Vestidos de D&G, bolsos de Louis Vuitton, zapatos de Jimmy Choo, trajes de Chanel y muchísimas cosas más. Tati, Raquel y yo nos quedamos mirando estupefactas esa especie de armario portátil. Al fin, una de las tres se atrevió a hablar.
-Esto… ¿esto es para nosotras? -balbuceó Tati.
-Todo. Gracias a mi trabajo os he conseguido esta ropa, son prendas de sesiones de fotos que han sobrado, y como las modelos no las querían, las he cogido yo. He estado meses recolectando de donde he podido toda esta ropa. Esperaba que os gustara.
-¡Es genial! Dios, no me lo creo ¿no será una broma tuya no?
-No, puedes estar segura. Bueno, ¿qué tal si las subimos?

Cogimos las bolsas y las subimos al piso. Aún no me lo podía creer, ¡todo eso era mío! Podría vestir de las marcas con las que cientos de chicas solo podían soñar, y con las que yo misma había soñado durante muchos largos años.
Jorge nos enseñó la isla, o por lo menos parte de ella, solo por las partes por las que él se movía y que nos serían útiles, las demás las veríamos a medida que nos fuéramos familiarizando con la ciudad.
Raquel había estudiado derecho, con lo cual se pondría a trabajar en un buffet de abogados con el que había contactado gracias a un profesor suyo de la universidad. Y Tati empezaría a trabajar en una galería de arte, en la Quinta Avenida.
Después, Jorge nos acompañó a comprar unas camas para el piso. Ya habíamos vendido la cama, y no nos había salido tan mal, una cama de matrimonio por 1000$ equivalía a dos bonitas camas con cabecero de hierro y unas bonitas colchas, la mía blanca y la de Raquel lavanda. Además, compramos pintura blanca para la pared y unos cuántos cuadros. Tati se compró una cama de madera blanca y con una colcha color crema. Por capricho, compramos unos cojines para la sala, una alfombra y una mesita. También unos cuántos productos de baño, y cosas para la cocina, platos y demás. No queríamos abusar mucho, ya que no sabíamos los gastos que nos iban a surgir durante el mes. Así que decidimos que todo lo demás lo iríamos comprando con el tiempo.
Para finalizar el día fuimos a cenar a un bonito restaurante japonés de la 72 con Madison, abierto hace muy poco y el centro de reunión de los altos ejecutivos de Manhattan. Jorge nos contó que estaba saliendo con un modelo de Versace y nos lo presentaría la próxima vez que quedásemos.
Llegamos al piso con una sonrisa en la cara, contentas por como había salido ese día y preocupadas por como sería el siguiente. Preocupadas por tener miedo a fracasar en nuestros trabajos y por no saber enfrentarnos a ellos. Pero la preocupación desapareció y nos dejamos fundir en un profundo sueño, preparadas para enfrentarnos a lo que fuera que nos esperase mañana.

Capítulo 2

Studio 63 era el pub de moda en Manhattan. Todo el que fuera alguien tenía que pasar por él. Así que sin más intenciones que pasar una noche divertida, mis amigas y yo nos fuimos a pasárnoslo bien.
Al llegar había una cola algo grande, pero esperamos, ésta avanzaba rápido y queríamos entrar como fuera. Cuando llegamos el portero nos miró de arriba abajo, evaluándonos, y, sorprendentemente, nos abrió la puerta y nos hizo una seña con la cabeza para que pasáramos, ¡lo conseguimos! Estábamos en el local de moda de Nueva York.
Al entrar, me convencí de que había entrado en un universo paralelo a la ciudad. El pub era un sitio grande, pero no lo parecía por la cantidad de gente que hablaba, bailaba, bebía o simplemente estaba sentada en la barra. Luces de colores por todos lados, música moderna que se compenetraba muy bien con el ambiente, parecía que la gente estaba como en su casa.
Mis amigas y yo nos apresuramos a ir a la barra y pedir un Cosmopolitan para cada una. El camarero nos los sirvió acompañados de unas increíbles e imposibles piruetas con la coctelera. Cuando los tuvimos en la mano, nos fuimos a sentar a uno de los muchos sofás que había a lo largo de la pared. Divisamos uno en el que no había nadie sentado. Al sentarnos, miramos a nuestro alrededor y no veíamos otra cosa que a gente bailando, besándose entre ellos, saltando, gritando, riendo… Totalmente eufórica.
-Eh, ¿qué os parece ese? -preguntó Raquel.
-Oh Dios, ya estamos, Raquel es nuestra primera noche, tranquilízate, además, es NUESTRA noche, solo de chicas.-dije yo.
-Venga Marta, solo míralo un momento -yo moví la cabeza y me limité a mirar hacia la barra, indignada- Está bien ¿sabéis qué? Vamos a bailar, venga, vamos. -Raquel se levantó, nos cogió de las manos y nos sacó a la pista.

Bailamos lo que parecieron horas, bebimos, reíamos… Hicimos todo y más. A las tres de la mañana los efectos que nos había provocado el alcohol habían desparecido y el subidón que nos había tenido en pie hasta ese momento también. Así que con decisión salimos de el pub y pedimos un taxi al más puro estilo neoyorquino. Nos llevó a casa y como pudimos, subimos al cuarto piso. Tati se fue directamente a su habitación y por el ruido, supusimos que se había tirado en la cama directamente, sin quitarse la ropa ni los zapatos ni nada. Raquel y yo, como era natural, hicimos lo mismo.
A la mañana siguiente me desperté medio moribunda en mi habitación. Decidí levantarme, a duras penas, ya que ese domingo tenía que poner en orden todo lo del piso, el trabajo y demás cosas para empezar la semana con normalidad. Encontré a Raquel tirada en el suelo, aún dormida, ignoraba si se había caído de la cama o si simplemente se había dormido a medio camino.
Fui al baño, quería darme una ducha y despejarme. La ducha, que en un principio sería rápida, duró alrededor de tres cuartos de hora, pero cuando salí, era como si hubiera vuelto a nacer. Me puse una ropa cómoda ( http://www.polyvore.com/cgi/set?id=28164129 ) y bajé a por un café y a por el periódico.
Al llegar otra vez al piso, encontré a Tati viendo la televisión y a Raquel dormitando a su lado. Me senté en el sofá y empecé a beber de mi capuchino mientras ojeaba el New York Times.
Al día siguiente empezaría a trabajar en mi primer trabajo en esta ciudad, el primero de muchos, me temía. Gracias a mi mejor amigo, que había llegado a Nueva York hacía un año y que ya era uno de los estilistas más conocidos de Manhattan, cosa que me había servido de mucho, había conseguido una entrevista para trabajar en VOGUE, como ayudante de redacción. Jorge, así se llama él, había insistido en que no hacía falta ninguna entrevista y que sería perfecta para el puesto, su definición fue “es muy eficiente, aprende rápido, sabe trabajar, se amolda perfectamente a toda clase de condiciones, es lista ¿qué más puedes pedir para una ayudante de redacción?”. Yo tenía esa respuesta. La gente en VOGUE solía vestir siempre de marca, y no de marcas corrientes, marcas fuera de el alcance de cualquier persona con un salario corriente. Yo no tenía esa ropa, pero aún así, esperaba que todos los rumores de que si trabajabas en VOGUE significaba que tenías que vestir bien, fueran inciertos. Esperaba que allí se reconociera mucho más el trabajo que la apariencia, aunque no me lo creía ni yo.
Un mensaje llegó a mi móvil, era de Jorge “Tengo una sorpresa para ti, llámame en cuanto puedas”. ¿Una sorpresa? ¿Qué clase de sorpresa?

Capítulo 1

Nueva York, tierra de sueños. De sueños por cumplir o incluso algunos cumplidos. De sueños de cientos de miles de personas que habitan el planeta Tierra. De sueños imposibles o posibles. De sueños albergados con esperanza en los corazones de sus propietarios y que esperan realizarlos algún día, por remoto que éste sea. Entre ellos estoy yo.

Mientras sobrevolábamos alguna parte del Atlántico, no muy lejana a mi destino, pensé en todo lo que había echo en España, todo lo que dejaba atrás y todo lo que haría en Nueva York, todo a lo que le había abierto las puertas. Había dejado a mi familia allí, había dejado a la mayor parte de unos muy buenos amigos y muchos, muchísimos, infinidad de recuerdos en España. Cada calle de Coruña tenía una marca, una marca de la cual mis amigos y yo éramos responsables. Por cada una de sus calles, plazas y parques habíamos estado durante mis largos veinticuatro años en esa gran, aunque al mismo tiempo pequeña, ciudad marinera. También pensé en todo lo que me esperaría en Nueva York. Me había encargado de llevarme una gran parte de mí a Nueva York, además de lo material, me había llevado a mis dos grandes amigas por excelencia. Sabía que lo que nos esperaba en Nueva York sería algo grande, muy grande, tenía esperanza.


Bajé del avión, con el corazón en un puño, conteniendo la respiración. Sin poder controlar mi pulso. Ya estaba en Nueva York, mi nueva vida acababa de empezar.
Al salir del aeropuerto dejé que esa maravillosa brisa primaveral me acariciase la cara. Si, no era un sueño, estaba allí, estaba en Nueva York. Parecía como si no pudiera ser verdad y como si de repente alguien me fuera a despertar de un profundo sueño. Pero no, esta vez no, esta vez era verdad.


Al llegar a Manhattan no pude contener un grito de asombro, parecía como si la ciudad tuviera vida propia. Edificios enormes por todos lados, en cada calle había cientos de peatones, decenas de coches en las carreteras… Era magnífico.

-Ya hemos llegado -dijo el taxista por segunda vez a mis amigas y a mí, parecía que nos habíamos quedado en trance con la ciudad.

Pagamos, cogimos nuestras maletas y las pusimos al pie del edificio que a partir de ese día, sería nuestra casa. Debido a que los apartamentos en Manhattan eran excesivamente caros, decidimos compartirlo, nos pareció divertido y a la vez un tanto irritante ya que las tres teníamos personalidades algo distintas.
Como pudimos, cogimos nuestras maletas y subimos hasta el vestíbulo, en él un portero que más tarde nos enteramos de que se llamaba John, nos ayudó a subirlas hasta el piso (por desgracia, no había ascensor). Nos entregó las copias de la llave y se despidió cordialmente.
Entramos en el piso y nos pusimos como locas ¡era nuestro! Por fin estábamos ahí.
No era muy grande, una cocina y un salón compartidos, dos habitaciones y un baño. Estaba algo amueblado por lo que nos dijo nuestro casero. Tenía camas, armarios, ducha, WC, lavabo, sofá y sorprendentemente una televisión (algo pequeña).
Tati se fue corriendo y gritando a la vez hacía la habitación más pequeña y que por lo tanto, no había que compartir y empezó a gritar “¡Me la pido, me la pido!” al ritmo de un baile un tanto extraño.
Raquel y yo no nos pudimos contener, y nos empezamos a desternillar de la risa. Corrimos a nuestra habitación y vimos que solo había una cama, nos miramos, nos reímos y nos seguimos riendo. Tendríamos que venderla y así podríamos sacarle un buen partido para comprar dos camas individuales.

Tardamos un buen rato en concentrarnos para poder ordenador todo y cuando acabamos estábamos agotadas. Nos dejamos caer en el sofá y estuvimos así, calladas, mirando a la televisión, apagada, durante un buen rato.

-¡Chicas es viernes! -dije yo después de un buen rato.
-Que observadora. -dijo Raquel.
-Estamos en Manhattan, un viernes por la noche, ¿y nos vamos a quedar sentadas en un sofá, miranda a un televisor apagado? ¡Claro que no! Venga, poneros de pie, vamos a vestirnos.
-¿Estás de coña? Hemos estado como más de dos horas ordenándolo todo. No, ni de coña, yo esta noche no salgo -aseguró Tati.
-Ya, hasta que te diga a dónde tengo pensado ir -silencio- Vamos, ¡preguntadme!
-¿A dónde tienes pensando ir? -preguntó muy a su pesar Raquel.
-¡A Studio 63!
-¿No era 54?
-Si, pero abrieron uno nuevo llamado así, ¡es genial! En él está todo el mundo que es alguien en Nueva York.
-Ya, pero nosotras no somos nadie. Acabamos de llegar apenas hace seis horas.
-¿Y? Tendremos que ir acostumbrándonos a este tipo de pubs. Venga, que se nos hace tarde.

Nos empezamos a vestir para ir a Studio 63. Aunque no lo decían, yo sabía que tenían ganas de salir. Estábamos en Manhattan sin nadie que se preocupara a que hora teníamos llegar. Éramos libres.